¿Adónde quieres ir?
La tormenta y lo que viene después (¿la calma?)
Hace unas semanas leí Para aprender, si la suerte nos sonríe, de Becky Chambers.
Aunque es una novela de ciencia ficción, lo que más me ha interesado no ha sido eso.
Durante la lectura, hice una sublectura emocional y existencial, quizá influida por mi profesión o quizá por ser una amante declarada de la melancolía. De ahí nace este texto: una selección de fragmentos que, leídos juntos, me contaron una historia que habla de un proceso de supervivencia emocional. De cómo se siente salir de una tormenta en la que has estado mucho tiempo atrapado. Un camino que va de la desesperanza a la paz
Los árboles resultan impresionantes, pero tened algo en cuenta: el bosque de arriba no es el punto de entrada al jardín, sino que se entra desde abajo.
Al fin y al cabo, así son los bosques. No os creáis la mentira de los árboles individuales, como si cada uno fuera un monumento a su éxito individual, hecho a sí mismo. Un bosque es una comunidad interdependiente. Los recursos se comparten y la vida en aislamiento es una condena a muerte.
Cuesta saber dónde poner el límite en ese sentido. Si le das demasiadas vueltas (un rasgo típicamente humano donde los haya), caes en el pozo sin fondo de los posibles desastres. ¿Y si…? [...]. Solía pasarme las noches en vela, paralizada de preocupación. No obstante, si te guías por esa lógica, es imposible dar un paso más.
«¿Adónde quieres ir?»
«A casa», pensé. Pero, ¿dónde estaba eso?
¿Quería ir al piso de mis padres, donde me había criado? Seguro que ahora era de otra persona, si es que no lo habían derribado. [...]. Me imaginé las paredes de mi dormitorio de la infancia, que entonces era una fortaleza robusta e inmutable. Me las imaginé arrancadas por un equipo de construcción, que la pintura alegre daba paso a la madera al aire, los clavos doblados y el aislamiento desgastado, un espacio dentro de un espacio, una dimensión provisional en un lugar que antaño fuera un refugio eterno.
Un nuevo hogar, entonces. Me obligué a contemplar esa idea, a pesar del dolor de cabeza del que no conseguía librarme, producto tanto del ruido constante como de mi creciente desnutrición. ¿Qué clase de hogar quería? ¿Un piso en la ciudad? ¿Una casa rural? ¿Quería un lugar propio, un sitio en el que echar raíces, o me sentiría más satisfecha alquilando habitaciones amuebladas, rebotando de país en país según se presentara la oportunidad o el impulso de hacerlo?
«Por favor, quiero dormir – pensé. Era una súplica penosa, a nadie en concreto, aunque me saliera del fondo del alma–. Por favor, por favor, quiero dormir». No lo hice.
Durante los dos primeros meses, me iba a la cama por la noche y cruzaba los dedos deseando que la tormenta hubiera desaparecido por la mañana.
El tercer mes, suplicaba a quienquiera que me estuviera escuchando que detuviera la tormenta y nos dejara ir.
En el cuarto mes, olvidé que la vida podía ser de otro modo.
«¿Adónde quieres ir?»
Intenté visitar mi casita del árbol infantil imaginaria, pero había ratas (ratas de verdad) corriendo por las esquinas, moscas arrastrándose por el techo y moho negro comiéndose la madera.
Intenté subir a bordo de mi barco pirata, pero las sirenas estiraban los labios para sonreír y dejaban al descubierto unos dientes destrozados. Solo querían ver cómo me ahogaba.
Intenté recordar historias que antes me habían dado fuerzas, pero solo recordaba su esqueleto, no el corazón que les latía dentro. Su calidez se había enfriado.
«¿Adónde quieres ir?»
No podía responder. No había adónde ir. No había nada más que aquello. Nunca habría nada más que aquello.
Al día siguiente, me levanté. No quería hacerlo, pero lo hice. No sé por qué. No había ningún buen motivo para hacerlo.
El caso es que había pasado tanto tiempo concentrada en lo que podría salir mal que había olvidado la posibilidad de que algo saliera bien.
Respiré hondo. Eso era lo único que oía: mi respiración. Ni los gritos del viento, ni las olas interminables [...]. No oía nada más que el aire que entraba y salía de mí. Me gustaba. Me gustaba mucho. No quería nada más que eso, nunca más. Ni siquiera necesitaba seguir mirando las estrellas. Me bastaba con saber que estaban allí y que no había ninguna pared entre nosotras. Podía vivir detrás de mis párpados. Me gustaba.
Oía mi respiración [...] y también oía la de ellos, cada aliento y cada latido mientras me abrazaban, mientras nos abrazábamos flotando en el centro de la sala, en una unión sin principio ni final.
Por fin tenía la mente en calma, pero la sensación era tan preciada que era reacia a aceptarla. Estaba tan acostumbrada a la cacofonía que parte de mí la anhelaba perversamente; confiaba más en una discordancia eterna que en una paz que pudieran robarme.
No volvería a ser la que nunca había abandonado el hogar familiar, que no había sangrado, que todavía no había aprendido a caminar. Una polilla antes fue una oruga, pero ya no lo es. No puede volver a deshacerse, no puede hacer la metamorfosis al revés. Si intentara volver a comer hojas, moriría de hambre. Si se arrastrara de nuevo al interior de su capullo, no obtendría refugio. Es una paradoja: la imposibilidad de reclamar lo que quedó atrás mientras vives en una forma compuesta en su totalidad por los pedazos reconvertidos de ese mismo pasado. Existimos donde empezamos, pero permanecer ahí significa la muerte.
No obstante, yo no soy una polilla. Soy humana. Y, en los humanos, no hay solo dos etapas, sino muchas más. No podría haber predicho cada versión mía por la que iba a pasar, pero, a lo largo de mi historia, siempre ha habido una constante: el cambio en sí mismo. [...]. No sabía quién era la que esperaba que empezara a moverme hacia ella. Aun así, sentía curiosidad por conocerla. Estaba deseando hacerlo.
En aquel momento, a mí me daban igual los porqués y los cómos. Tampoco veía un erial. Cuando contemplaba aquella llanura enorme y resonante, veía justo lo que mi alma anhelaba. Un lugar tranquilo, una pizarra en blanco, una realidad en la que todo permanecería quieto durante todo el tiempo que necesitara. Si algo se movía, sería porque yo me moviera, porque yo decidiera moverme. No era emocionante, pero tampoco aterrador. No era apasionante, pero tampoco abrumador. Simplemente, era. La neutralidad encarnada.
En este santuario procuramos ir con cuidado. Aunque también he llegado a habitarlo por completo. Por el momento, la cueva era mi hogar. [...] Creo que un hogar solo puede existir en un momento concreto. Es algo tanto encontrado como creado. Siempre temporal, hablando en términos globales, pero vital a la vez.
La cueva era un reflejo de nosotros, a su manera. Roca, agua y vida; todo ello necesita de herramientas para examinarlo. Y todo ello no significa nada si no hay nadie para observarlo.
Hoy escribo desde la tranquilidad de mi cueva. Es por ello que cuando echo la vista atrás, no puedo evitar emocionarme. No sabría explicar ni con todas las palabras del mundo la oscuridad en la que he estado metida tantas veces. Hubo mucho tiempo en el que pensé que esa oscuridad me acompañaría siempre. Incluso llegué a creer que quizá yo era la propia oscuridad.
Soy consciente de que cierta penumbra perdurará siempre en mí —como algunos pedazos reconvertidos del pasado—, pero he aprendido a aceptarla y a quererla como al resto de trocitos de mí misma. Y también he aprendido a ver y valorar las partes de mí que se conforman de todos aquellos que me acompañaron durante el proceso.
A todos ellos, gracias. Gracias por abrazarme. Por flotar conmigo y también por ponerme los pies en la tierra. Por no soltarme. Por acompañarme a un lugar tranquilo.
Pero, sobre todo, gracias por no abandonarme en la tormenta.
— Mel.
