Consuelo para tontos
O la imperiosa necesidad de pensar que ya no existes
A veces me pregunto si exististe algún día de verdad o si todo fue un espejismo, una ilusión que yo creé por un deseo desmedido de amar y entregar a alguien cada parte de mí. Tú querías sentirte querida y yo me moría de ganas de quererte. No sé si precisamente eso fue lo que falló, o si quizá fue justo lo que hizo que el engranaje al principio funcionase de forma perfecta. Un mecanismo funcional, una transacción de carencias. Tal vez ninguna de las dos sabíamos quiénes éramos, mucho menos quién era la otra
Pero si algo sí sé, es que amaba pasar tiempo contigo. Amaba que saliéramos a pasear, daba igual montaña o playa, pueblo o ciudad. Amaba cenar contigo en cualquier restaurante de moda o en el bar más cochambroso del pueblo más feo del mundo (aunque precisamente esos eran nuestros bocadillos favoritos). Amaba saber cada parte de tu vida, de tu día, cada pensamiento que pasaba por tu cabeza. Me parecía asombrosa tu manera de ser, de pensar, de reaccionar, de sentir.
Todavía hoy cuando cierro los ojos, creo recordar una persona que me miraba con los ojos más dulces, tiernos y repletos de amor que he visto jamás. De un color marrón bien oscuro, y que aún así, brillaba más que cualquier estrella del universo. Amaba verme reflejada en ellos, bajo sus pestañas entornadas, que denotaban unas cantidades de cuidado y de amor que eran difíciles de creer. Pero yo creía en ellos. Creía tanto como cualquier devoto cree en las doctrinas de su religión. Era una fe ciega e incuestionable.
Recuerdo a la perfección el tacto de tu mano, y también cómo se sentía cada milímetro de la mía cuando la cogías por la calle, con fuerza y decisión. Incluso la primera vez que lo hiciste. Me recogiste de la estación de tren con un vestido largo y negro, sosteniendo un ramo de tulipanes rojos (que sabías que eran mis favoritos), y sin dudarlo ni un sólo segundo, me agarraste de la mano y empezaste a andar. Con la naturalidad de quienes llevan amándose varias décadas, pero con la intensidad de quien se conoce por primera vez.
No sé si fueron una sucesión de citas perfectas o simplemente que yo deseaba que fueran perfectas. No sé si realmente teníamos una conexión profunda y especial o si solamente éramos dos almas deseosas de ser vistas, escuchadas y queridas. Quizá tú también te enamoraste de alguien que no existía, como ahora creo hice yo.
En esos recuerdos, el amor no era una posibilidad, sino una certeza absoluta. Pero hoy, años después, me pregunto si esa mujer del vestido negro alguna vez estuvo allí, o si solo es una quimera que mi mente creó. Estuve meses intentando convencerme de que eras la culpable de haber creado esa especie de teatro, pero ahora me planteo que tal vez que era yo quien escribía el guion con lo que quería que fueses, con lo que quería que fuéramos.
Quizá fui yo quien, buscando esa realidad idílica, se metió en un callejón con una salida bien grande y perfectamente señalada, pero del que no quería escapar. No quería darme la vuelta y descubrir que tú no estabas, y que el camino hasta allí lo había recorrido yo sola. Que el telón se había caído, que no había nadie más que yo viendo el espectáculo.
Así que, aunque durante mucho tiempo lo intenté, ya no te culpo. Supongo que no importa si exististe o no, ni tampoco importa ya si me amabas de verdad. Tal vez, plantar esa semilla de duda es el único consuelo que he conseguido encontrar a la hora de tener que decirte adiós.
Dudar de tu existencia es mi manera de rellenar cada grieta que veo en la pared, de tapar los desperfectos y los huecos que todavía hoy no he querido ver.
Si no existes, no puedo echarte de menos, ni escribirte una carta, ni mandártela. No puedo enfadarme contigo, ni reprocharte nada. No puedo cogerte de la mano, ni mover los títeres de un teatro que ya ha bajado el telón. No puedo seguir amándote porque, aunque dudo que existieras entonces, sé que no existes hoy.




mañanita tranquila por lo q veo…..🫂🫂
🫂🫂🫂