La soledad y yo
Sobre la soledad elegida y el arte de caerte (demasiado) bien.
Desde que tengo recuerdos, la soledad ha sido mi estado por defecto. No es algo puntual. Es el lugar al que vuelvo. Me siento sola la mayoría del tiempo. No siempre de forma dramática, a veces es apenas un murmullo de fondo. Pero está. No sé si es por ser tímida e introvertida, por mis escasas habilidades sociales o por mi tendencia a aislarme más de lo que debería (según dice mi psicóloga). A veces pienso que simplemente aprendí pronto a no molestar demasiado, a hacerme pequeña, a necesitar poco. A no ocupar espacio.
La soledad es tan humana que la encontramos en todas partes si sabemos mirar. El arte, en todas sus formas, muchas veces no es más que el reflejo de esa necesidad desesperada que tienen las almas de conectar unas con otras. Una frase de una canción que creo que resume muy bien aquello de lo que quiero hablar en este post es de Ambkor:
La soledad sólo es bonita cuando es elegida.
Si no lo es, es homicida.
La soledad (homicida, no elegida) asusta. Te estrangula por dentro, te rompe los huesos y te deja sin respirar. La soledad duele de una forma que es difícil de explicar. Desde pequeños nos bombardean con un discurso muy claro: la importancia de amar al prójimo (incluso por encima de a nosotros mismos), de ser empáticos y altruistas, compartir, hacer las cosas en equipo, trabajar en grupo. Pero nadie nos explica cómo tratarnos ni querernos a nosotros mismos.
Cuando parece no quedar otra opción y la soledad nos apunta con el dedo condenándonos a ser nuestra única compañía, no sabemos qué hacer. Nos morimos de ansiedad y de miedo. Me atrevería a decir que incluso llegamos a pensar que nuestra existencia no tiene sentido más allá de los demás, si no nos sentimos vistos y escuchados. No me malinterpretéis: somos seres sociales e interdependientes. Necesitamos el contacto con los demás. Pero aprender a convivir con uno mismo es, probablemente, la habilidad más primordial de todas. Y absolutamente nadie nos entrena para ello. De hecho, a veces tengo la sensación de que puede percibirse como algo negativo que una persona sepa priorizarse, cuidarse o tratarse bien. Como si eso nos convirtiera automáticamente en personas egoístas.
Eres la única persona con la que sí o sí tienes que pasar el resto de tu vida.
No recuerdo quién me dijo esa frase, pero desde entonces tengo grabado el mensaje a fuego: más te vale caerte bien a ti mismo o estarás condenado a una infelicidad perpetua.
Desde entonces empecé a trabajar en hacer cosas que me hicieran disfrutar y que al principio no me atrevía a hacer sola:
Dar paseos bien largos.
Sentarme a ver y escuchar el mar.
Ir de compras o comer en ese sitio que me apetecía.
Al principio me sentía observada. Incómoda. Fuera de lugar. Como si estuviera haciendo algo que no tocaba. Pero con el tiempo empecé a descubrir algo inesperado: podía disfrutar sin tener a nadie al lado.
Tengo todavía algunas cosas pendientes (como ir al cine sola o hacer un viaje), pero estoy feliz de haber empezado a disfrutar de mi propia compañía. Puedo cuidarme sola. Puedo hablarme con una ternura que no siempre había tenido conmigo, intentando silenciar esa voz interna que a veces me habla con una dureza que jamás usaría con alguien a quien quiero.
Sin embargo, elegir la soledad puede ser un arma de doble filo.
Cuanto más disfrutas de tu propio silencio, más caro se vuelve el precio de la entrada a tu mundo. Te vuelves selectiva. O peor: empiezas a rechazar al resto porque tu zona de confort es tan perfecta que lo de fuera (el ruido, lo imprevisto, los otros) empieza a parecerte difícil, incómodo o carente de sentido. Y puede que no quieras volver a enfrentarte al mundo que hay ahí fuera, porque quieres proteger tu paz.
“Estamos solos, todos nosotros, a veces infinitamente solos. Pero la única manera de que el mundo sea habitable es que nos esforcemos por salir de esa soledad”.
- C.P. Snow
Todavía hoy vivo en esa ambivalencia, en ese límite difuso entre el refugio y el aislamiento.
Mi soledad elegida me salva.
Pero también me asusta pensar que, sin darme cuenta, esté construyendo un lugar del que cada vez me cueste más salir.
¿Cómo distinguir el límite entre protegerme y desaparecer?
Mel



Cuando creces siendo víctima de algún tipo de situación violenta (cómo es mi caso con el bullying, aunque a veces la sociedad en sí misma puede resultar violenta), creces sintiéndote solo, y tratando de ocupar poco espacio, porque si no sobresales mucho, no recibirás muchos golpes, verdad? Y si no te rodeas de gente, no te pueden hacer daño. O al menos así sentí yo mi infancia y juventud.
Este post ha resonado mucho conmigo, gracias por compartirlo, de verdad.
Nada Mel, te sales en cada post... No estas solas (involuntariamente) porque puedes contar con Noe y conmigo 🫂🫂🫶🫶