Un testigo de papel
Sobre andar en círculos por miedo a olvidar.
Tenemos que aprender a despedirnos.
Pero yo odio las despedidas, de todo tipo. Quizá tampoco he querido aprender a hacerlo.
Nunca aprendí a despedirme de alguien de quien sólo me queda alguna que otra fotografía y algún que otro recuerdo. Recuerdos que se desvanecen junto al tiempo, y que cada vez son más distantes, más borrosos, más fríos. Da igual cuánto me esfuerce en evocarlos una y otra vez; no importa cuánto intente agarrarlos con todas mis fuerzas y retenerlos entre mis manos. Se resbalan y se me escapan entre los dedos, y cuando los recojo del suelo están un poco más pequeños, más quebradizos, más sucios.
Entre caída y caída he olvidado el color de tus ojos, la fuerza de tus abrazos e incluso cómo sonaba tu voz. En ocasiones, cierro los ojos con fuerza e intento volver a esa tarde en la que soltaste la bici para que pedaleara sola. Pero cuando me doy la vuelta en el recuerdo, ya no estás detrás para sostener de nuevo el sillín. La bici sigue avanzando por pura inercia, y yo soy incapaz de bajar de ella.
Una foto de carné desgastada me observa desde hace once años mientras escribo, dibujo, duermo, lloro, estudio, leo. Una foto de carné me ha visto crecer y me ha visto vivir casi la mitad de mi vida, una mitad en la que no has podido acompañarme desde un lugar diferente a un viejo corcho colgado en la pared. Un único testigo silencioso de mi vida.
Me enamoré y sufrí por amor. Perdí mi identidad y la tuve que construir desde cero. Entré a la universidad, estudié lo que quise y después me di cuenta de que, en realidad, no era lo que quería. Hice algunos amigos, me distancié de muchos otros. Empecé algunos hobbies y los dejé todos. He perdido a otras personas de camino de las que tampoco he querido despedirme (así que no lo he hecho), y que ahora imagino que me observan desde su propia foto de carné. Pero todo empezó contigo. Acumulo despedidas porque despedirme sería que formaseis parte únicamente del pasado.
Desde que no estás, siento que vivo la vida intentando fotografiar cada momento como si mi mente pudiese almacenar así mejor todas las cosas que vivo. Vivo con un miedo constante a olvidar, a perder, a no ser consciente de las cosas que pasan a mi alrededor. También vivo evitando, huyendo, corriendo. Como si nombrar las cosas fuese volverlas a vivir, volverlas a sentir, volverlas a sufrir. Como si evitándolas consiguiese que no fuesen verdad. Como si corriendo pudiese dejar de sentir este frío que me paraliza todo el cuerpo.
Camino sola sin dejar que nadie me acompañe por esta senda en la que me siento completamente perdida y cuyo mapa ni siquiera sé leer. Enseñarle este camino a alguien sería admitir que estoy andando por él, que el camino existe. Yo no quiero que exista. Yo no quiero andar por él. Nunca pedí recorrerlo. Doy vueltas, probablemente en círculos, una y otra vez. No sé si hay una salida y ni siquiera sé si quiero llegar a ella. Lo que yo querría es no haber tenido que entrar, no saber que este lugar existe. Quizá no es buena idea seguir habitando en él como si fuese mi hogar, pero siento que irme de aquí es dejarte atrás, abandonarte. Volver a perderte. Porque habitar en este dolor es lo único que me sigue manteniendo junto a ti.

